Una de indios

20 Feb

CARLOS MIER

Mi madre siempre me dice que perdí la vista sentado delante de una televisión. A juzgar por el resultado, creo que sus esfuerzos no lograron alejarme del tubo catódico. Testigos presenciales aseguran que desde que tuve los dedos suficientemente grandes para cambiar de canal parecía decidido a limpiar el polvo de la pantalla con las pestañas.

Así que, aparte de amante de los colores y de las cosquillas en los mofletes, también debía ser yo un poco reacio a aceptar consejos. Poco tardaría el oculista en dictar sentencia y condenarme a llevar aquellas gafotas hipster que hoy en día lo petarían pero que por aquel entonces limitaban bastante mi papel en el patio del colegio. A partir de ese momento, mis ojos quedaron a merced de la lluvia y de los cambios bruscos de temperatura, constante y terriblemente amenazados por los más que probables balonazos faciales. Eso siempre y cuando consiguiera tener controlado y contento a algún que otro individuo más grande que yo, con la vista en perfecto estado y el humor cambiante.

A todos estos obstáculos hay que unir que soy asturiano de interior y de valle, así que a falta de deporte o canicas los inviernos, a mí me dio por los westerns. Sí, las de vaqueros. Era tiempo de UHF, dicen, y los domingos por la tarde seguía pegando el careto a la caja tonta para ver cómo Toro Sentado o Caballo Loco sufrían las ofensivas patrias de algún sucedáneo de John Wayne vestido de general Custer. En aquel momento, a diferencia del genocida reconvertido en héroe, yo supe que moriría con las gafas puestas.

Y fue en las praderas interminables y en los montes repelados de mi preadolescencia donde Cochise, gran jefe apache de pipa altiva y penacho falso (más tarde me enteré de que las tribus apaches jamás llevaron plumas en la cabeza), “conjugaba” infinitivos rebosantes de sabiduría milenaria. Y es por eso que me ha resultado imposible que uno de aquellos proverbios indígenas no se me viniera a la cabeza en estos días plagados de discursos bajo sospecha:

“Siempre es mejor tener rayos en las manos que truenos en la boca”.

Todo aquel que me conoce sabe que tampoco es que yo predique con ese ejemplo, y quizás precisamente porque tiendo a la palabrería barata no me cuesta reconocer a un indio charlatán y bravucón de otro con el arco cargado y preparado para la guerra. No en vano, soy de una tierra donde los coches caros también están aparcados delante de las centrales sindicales y donde los truenos en la boca a muchos ya nos hacen echar rayos por las orejas.

Sé que no descubro nada diciendo que estamos en la era del clic, del juicio superficial y de las modas que se mueven más rápido que el caballo de Lee Van Cleef. No es nada trending criticar lo trending. Pero también sé que, metidos de lleno en la espiral de lo actual, nos dirigimos a las reservas indias del olvido con la cabeza gacha y sin oponer resistencia, como un Gerónimo viejo y alcohólico cansado ya de presentar batalla y pensando en abrir algún casino que le saque del tedio. En Alcorcón, por ejemplo.

Por lo tanto, como indio irredento que pretendo ser, lo que realmente me apetece hoy no es criticar las diarreas verbales de la Verdú, de Eva Hache, o del sempiterno Bardem. Ni siquiera el “a mí nadie me jode la fiesta” de Candela Peña. No. Una vez o dos al año esta gente hace eso por lo que se le paga también dentro de un auditorio y en prime time. Penachos falsos o ya directamente plumeros a la vista de todo el mundo. Tampoco tengo el cuerpo para decir nada de Beatriz Talegón, esa réplica china de la pasionaria, versión Juventudes Socialistas, que bastante mierda tiene ya encima con sus discursos vacíos y sus intervenciones lastimeras en los platós de televisión. A veces jugar a la revolución tiene sus riesgos. Afortunadamente la Pajín hizo algo bien y sentó un precedente. Gracias Leyre.

No le daré más vueltas a tanta declaración y tanta contradenuncia porque creo que, en general, le estamos concediendo demasiada importancia al hecho de que haya Sioux borrachos de ego proclamando a los cuatro vientos y al Dios de la Lluvia que ellos solitos acabarán con todos los hombres blancos y con todos los mejicanos de Texas. Afortunadamente parece que ya no nos tragamos las necedades de esos comanches que se pintan la cara para con una mano amagar golpes de hacha y con la otra ofrecer la pipa de la paz al séptimo de caballería. Y luego cobrar por calada.

Sin duda los personajillos anteriores no pertenecen a la misma nación apache que los conquistadores españoles y los norteamericanos anglosajones se empeñaron en bautizar y dividir con denominaciones de los más variado: Jicarilla, Mescalero, Chiricahua, Kiowa… sobre todo teniendo en cuenta que ellos, los propios apaches, se autodenominaban sencillamente Ndee, o lo que es lo mismo, la gente.

Y esa gente no es otra que la que habla con los actos, la que se agarra a las crines del caballo y sale a la llanura yerma todos los días. Durante años. La que organiza escaramuzas, la que ataca los fuertes, la que jamás pacta con los que van de azul. La misma que contiene las lágrimas en sus contados discursos porque dentro de sí misma sabe que la guerra está perdida desde el principio, pero también que nunca firmará una rendición, ni siquiera honrosa.   

La semana pasada, una de esas tribus consiguió abrir una pequeña ventana en los altos muros del Congreso. La maquinaria mediática ha comenzado a funcionar y su matriarca está adquiriendo notoriedad y apareciendo en muchos espacios televisivos. La Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) y Ada Colau no son flor de un día, ni una banda de Sioux borrachos. Incluso dejando a un lado su fuerza argumental, la potencia de su discurso y la concreción de los objetivos, aunque solo nos fijáramos en su cara visible, en su garganta quebrada, su peinado, su ropa, su manera de moverse, e incluso en su mirada, no habría ninguna duda de que tratamos con Ndee. Y esa Gran Jefa habla porque todos le han pedido que lo haga, o al menos se lo han pedido los suficientes. Todos pisamos suelo hipotecado. Eso nos trata de decir.

Si ella sobrevive, muchas otras Adas se atreverán a cabalgar. Entonces ya no habrá espacio para los truenos en la boca y solo quedarán rayos por empuñar. Y quizás al fin entendamos que, como dice Dixebra, y esto fue algo que aprendí en Asturies y no en Arizona, entre hermanos de mugor, nun hay res de diferencia, pal capital somos toos indios de la mesma tierra. 

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