La vida a todo tren

6 Mar

ARACELI VILA AÑÓN

Oh Confederación Helvética, tú que me has dado tanto, y ahora me robas la ilusión con un simple paseo (y no me refiero al hecho de que una se convierta en la más miserable de las miserables con 50 eurazos en la cartera para una noche. No, eso ya es otro tema).

En medio de una encrucijada vital decido viajar a Zürich para visitar a esa gente maravillosa que a veces la vida decide ponernos en el camino. El viaje no puede terminar sin un paseíto a través de Bahnhofstraße con punto final en el lago. Y es ahí, en ese microcosmos de apenas 1,4 km de largo, donde surge la reflexión de este post/artículo/llamémosloX.

Con unos doce años decidí que quería ser presentadora de televisión y mi pregunta fue ¿qué tengo que hacer para llegar hasta allí? La respuesta fue: periodismo (ahora sabemos que con un par de operaciones de cirugía estética y unas sesiones de gimnasio tienes la papeleta resuelta, pero ese tampoco es el tema de hoy).

Yo, ingenua, creía que el busto parlante que presentaba sabía de lo que hablaba, conocía en profundidad las noticias de las que informaba y por supuesto, redactaba su guión. Hasta que descubrí la realidad. Y por eso decidí que no, que mejor presentadora no. Que yo lo que quería era conocer las cosas de primera mano; contarlas, pero contarlas de verdad, sabiendo una lo que está diciendo y habiendo estado allí para hablar con conocimiento de causa. Al fin y al cabo lo que yo quería no era solo vender una imagen, era llenarla de contenido.

Y de imagen va la cosa. Cruzando una de las calles más exclusivas de Europa uno se da cuenta de lo cínico que resulta el mundo. De lo fácil que es emitir juicios de valor desde la comodidad que da ser uno de los paraísos fiscales de todo el mundo (de eso pueden dar buena cuenta Luis Bárcenas y otros españoles).

Sin embargo, no es oro todo lo que reluce, cuando uno camina por allí se da cuenta lo infeliz de “la vida moderna”, todos visten de negro, azul marino, marrón camel –los más atrevidos-, bolsos de piel, maletines, zapatos y gafas exclusivas, maquillaje, Porches, Audis, BMWs o Maseratis… todo para proyectar la imagen de lo que consideramos la vida ideal, y de lo que nos debería hacer ser la envidia del mundo entero. En los escaparates, los precios son tan abusivos y astronómicos que resultan absurdos, 100 gramos de pasteles 10 euros, bolsos de una marca aleatoria 1200 euros, y la gente los lleva orgullosa, exhibiendo todo su poder en un golpe de vista. Pero ninguno se acuerda de sonreír, se han olvidado de cómo ser felices más allá de la vida de lujo, toda su felicidad recae sobre el peso del dinero, de cómo poder comprar más –y por estúpido que resulte- más caro. Cuanto más caro sea lo que tienen y menos gente lo posea, más felices son ellos. La mayoría de las veces no se trata de lo que ellos tengan, si no de lo que los otros no pueden alcanzar. Profesionales al servicio del liberalismo económico, del capitalismo y lo que les proporciona más satisfacción es salirse de su sistema de producción industrial para tener productos únicos y de edición limitada, que no sean creados en cadena y grandes cantidades como los que ellos, probablemente, fabrican y venden. Así obtienen su felicidad. Paseándose por la calle con una bolsa de Chanel en una mano, y un sándwich de la citada pastelería en la otra. Cuesta el doble y tú, no puedes comprarlo.

Y en este país, donde la mendicidad está prohibida, se despierta una con noticias de disturbios de la noche anterior. Cada uno de los titulares que se ven en los periódicos, se escuchan en la radio o se proyectan en las pantallas de la estación hace referencia al grandísimo coste que han ocasionado estos vándalos, manifestantes, pero nadie se dedica a explicar porque estaban allí y porque decidieron reunirse. Evidentemente la violencia y el destrozo no es la salida. Pero encubrir los hechos con fines no conocidos, tampoco.

Pero, prosigamos por el paseo en Bahnhofstraße. Llegados a este punto ya he alcanzado el lago. Me acerco al embarcadero, la vista es preciosa. A los lados, la ciudad descansa tranquila y pierdo la mirada en el fondo, donde se confunde el agua, con la niebla y el paisaje. Y una vez más, la realidad abofeteándome en la cara. Una mujer se acerca a la orilla con dos bolsas muy grandes de pan duro y dos niños. Dispuestos a pasar 5 minutos de diversión alimentando a una superpoblación de pájaros y patos que viven en los alrededores. Y ¿cuál es el problema? dirán ustedes. Ninguno. Pero nos hemos acostumbrado tanto a despilfarrar los recursos, que hemos acabado dándole la comida a los patos, el dinero a los bancos, el poder a los desvergonzados y sacando de sus casas a las familias, empujando a las personas al suicidio, robando los derechos a la población y prohibiendo los pobres. 

Cuentas en Suiza

Y, tras descubrir y confirmar que el ser humano está perdido, sin saber dónde ir, en la más profunda de las decadencias y que al hombre para aliviar todo su dolor y presumir de plenitud y felicidad solo le queda el dinero, una ya no sabe si subirse o bajarse del tren; si precipitarse al vacío o exiliarse y dedicarse al cultivo y cría de productos para auto-alimentarse y alejarse tanto como pueda de este sistema perverso, a sabiendas de que ni las plantas de interior sobreviven con ella más de una semana.

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