Archivo | abril, 2013

Un Pulitzer en el trastero

24 Abr

CARLOS MIER

Su poblada barba entró en la cafetería justo antes de que una imponente nariz dejara paso a dos ojuelos vivaces que ya me buscaban entre los clientes. Después de identificarme me saludó sin mucho afán y en el ademán de asiento ya le noté las profundas ganas que tenía de acabar. Si soy sincero y desactivo el filtro romántico de la memoria, tengo que reconocer que yo también quería un encuentro rápido y efectivo. Dos buenas amigas me habían pasado un encargo de la Asociación de Fotoperiodistas Asturianos y esta era la última de las tres entrevistas que tenía que hacer para su página web. Había conseguido concentrarlas todas en la misma tarde y ya me dolía la cabeza. Además, él iba con un poco de prisa. Las jornadas internacionales de fotoperiodistas que se celebraban en Mieres tenían que continuar y tampoco estaba la cosa para perder energías. En esos días de reencuentro de viejos y viejas colegas de profesión, siempre se sacan unas cuantas fotos nocturnas.  

Sin embargo, fue poner nuestros respectivos culos en la silla y convertirnos en los tipos más afables del mundo. Pedimos un café y charlamos media hora larga, quizás una entera. Puede que ahora, con un carro al que subirme, sea muy oportunista y esté muy manido decir que me pareció una persona de esas que no pertenece a la sociedad en la que le tocó nacer. Su cuerpo estaba allí pero todo lo demás no. Lo demás quería estar en otra parte. O ya se había quedado allí.

Leo a Juanlu Sánchez estos días, después de haberse conocido el galardón: Los medios españoles le han ignorado, salvo cuando le secuestraron. La tribu del gran periodismo le ha mirado con recelo, como a casi todos los nuevos fotoperiodistas criados al margen del gran derrumbe de los periódicos (…) es un tipo duro. Lo ves y tiene pinta de reportero de guerra. Le escuchas y sabes que él hará cosas que tú no serías capaz de hacer. Hasta intuyes que a veces te juzga por ello. Pero luego, un día difícil en tu vida, hace poco más de un año, te abre un chat y te dice “ánimo”. Y entonces descubres esa empatía sin la que las fotos que hace no se hacen”.

Sonrío al acabar la lectura y después la reproduzco porque no se puede definir mejor lo que yo sentí aquella tarde de 2010 en una única conversación con él.

En los archivos de mi grabadora aún guardo aquellas palabras que intercambiamos. Ahí se quedó, atrapada en una especie de trastero virtual, tapada con una sábana, la voz de un premio Pulitzer. El segundo español y el segundo asturiano. Puede que, después de todo, algo se esté haciendo bien en nuestra malherida tierra. Por aquellas fechas, Gadafi aún no se había convertido en malo oficial y él, Manu Brabo, no había pasado unos duros meses en una celda libia. Tampoco habíamos puesto en nuestras fotos de perfil de Facebook aquel “Manu libre Ya”. En aquel momento solo era un profesional semidesconocido que hacía fotos de motociclismo para pagarse las excursiones a cualquier incipiente infierno.  

Lo que sigue fue perpetrado y transcrito unos días después de aquella tarde. No he cambiado una sola coma:

Aún sin haber cumplido los treinta y con tan solo cuatro años de experiencia en el objetivo, Manu Brabo (Gijón, 1981) tiene la mirada muy acostumbrada al conflicto. Sus trabajos sobre las minas de estaño bolivianas, Kosovo, los inmigrantes marroquíes en Melilla, Cisjordania o las “Villamiseria” de Buenos Aires dan buena muestra de ello. Con la enfermedad del viajero, este joven fotoperiodista asturiano, premio Nómadas en el Festival de Fotoperiodismo de Vitoria Persicopio 2009, administra sus ingresos cubriendo eventos deportivos y de sociedad para financiar sus excursiones a los pequeños infiernos terrestres. De ellos siempre vuelve con un testimonio tan directo como lo son sus palabras. Este mismo mes volvió a su Asturias del alma para participar en las IV Jornadas de Fotoperiodismo de Mieres.

C: Las minas bolivianas, los barrios pobres de Buenos Aires, Kosovo, la frontera de Melilla, Cisjordania… de todos estos lugares en conflicto permanente has regresado con crudas historias que contar. ¿Crees que el fotoperiodismo de denuncia sirve realmente para algo?

Brabo: A ratos piensas que sí y a ratos que no. Lo que sí sé es que hay una parte de que no depende de mí. Yo sencillamente voy, veo y lo traigo hasta aquí. Lo que el espectador hace o decide es cosa suya. Aún así, siempre te queda la esperanza de que alguien vea las fotos y se haga más consciente de los problemas que existen. La idea es decir que esto está jodido y que nos toca empezar a ser un poco más conscientes, casi con todo. La verdad es que ya no me motiva tanto cambiar la visión de las cosas como poder utilizar la cámara como vehículo para llegar a lugares a los que no sería capaz de llegar de otra manera, para que la gente pueda conocer lo que yo veo. Quizás hay un punto vanidoso en todo esto, pero yo creo que merece la pena.

C: Después de casos como el del ya mítico Kevin Carter, con aquella fotografía de unos buitres esperando para supuestamente devorar el cadáver de una niña que aun estaba viva, y de la polvareda mediática que levanto este y otros casos similares, la pregunta se hace inevitable: ¿hasta dónde debe llegar la implicación de un periodista, o en este caso de un fotoperiodista, en un conflicto?

B: Hace poco leí un artículo de unos fotógrafos españoles que habían estado en un campo de refugiados y que tenían fotos prácticamente idénticas a las de Carter. Contaban que lo cierto es que los buitres esperaban simplemente a que la gente defecara para comerse sus excrementos; solo la mierda, no a las personas. Lógicamente sus fotos tuvieron una carga simbólica cojonuda. Por otro lado, yo digo: ¿cuántos negritos tengo que coger de la mano? ¿Realmente la responsabilidad última es mía? ¿Podemos cargar contra la actitud de un fotógrafo como Carter ante un problema que además generamos todos? Desgraciadamente, parece que la solución es matar al mensajero. Todo ese tema siempre me ha parecido de un absurdo brutal. En cuanto a la implicación personal, yo procuro que la cámara no me deshumanice. Siempre he estrechado vínculos con la gente de los lugares a los que voy y seguiré haciéndolo, aunque en ocasiones te lleves disgustos. Denunciar algo sin sentirlo es imposible.

C: En un mundo tan globalizado, ¿aún hay cosas interesantes que fotografiar al lado de nuestra casa?

B: Yo me motivo más cuando salgo fuera. Esto no quita que haya gente que trabaja en su casa y que lo hace muy bien. Además, es necesario estar entrenado en el sentido de que, tal como está el patio, no te pasas viajando todo el año, sino solo cuando reúnes el dinero suficiente para hacerlo. Si me paso meses haciendo fotos de motociclismo y luego directamente me voy de viaje sin volver a acostumbrar la mirada, tardo una semana en empezar a funcionar. Y eso solo lo puedo hacer trabajando al lado de casa.

C: ¿Vas a la aventura o eres cuidadoso preparando los viajes?

B: Conforme va pasando el tiempo, me estoy dando cuenta de la importancia de la producción previa, del peso del proceso que rodea a la propia historia. Las horas de llamadas de teléfono, de enviar mails, el tiempo que uno pasa tomando café con un tío que te pone en contacto con otro tío… uno no llega a los sitios y se pone a hacer fotos sin más. No es buen plan.

C: Hoy en día, cualquier persona del primer mundo tiene acceso a una cámara de fotos medianamente decente a un precio razonable. Por consiguiente, la técnica se ha democratizado y cualquiera puede decir que es “fotógrafo”. ¿Es esto positivo para la profesión?

B: Si, las cámaras se democratizan, pero el ojo no. Y el talento tampoco. Hay gente que nace con ello, pero también se educa. El problema pasa por todos aquellos que tienen que controlar la calidad del fotoperiodismo actual. Desgraciadamente no se está caminando por buena vereda.

C: Crisis crónica de los medios, desaparición paulatina del fotoperiodista en las redacciones, redactores sacando fotos y escribiendo el artículo…

B: Claro, pero también te digo que a mí todos esos temas me quedan grandes. Ellos podrán estar en crisis, yo no lo estoy. Tengo claro que quiero hacer una cosa. Me busco la vida, hago mi curro y procuro sacar el dinero necesario para hacerlo. Y con mi dinero hago lo que quiero. Nadie me encarga, nadie me paga por adelantado, pero nadie me cambia ni una coma. Hacer de la necesidad virtud. Puede ser una desventaja, o no, según se mire. Lo que hay que ser es perseverante y tal vez es hora de ser también más positivos. No me puedo poner a llorar en una esquina sin ni tan siquiera haber cumplido los treinta. Hay que funcionar.

C: ¿Y que tiene ahora mismo Manu Bravo en mente?

B: Pues de momento de vuelta a Asturias, currar de lo que sea, juntar dinero, ir haciendo cosas pequeñas y luego poder irme seis meses o un año largo en Pakistán. Aunque también me seduce Brasil. Ya veremos.

Y ya se vió.

Un padre llora mientras sostiene a su hijo en brazos cerca del hospital de Alepo (Siria).

Fotografía por la que Manu Brabo se ha llevado el Pulitzer. Alepo (Siria). Octubre de 2012.

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La pantalla: instrumento de villanos

3 Abr

EVA Y.

Como los grandes villanos: así comparece de nuevo Mariano Rajoy. Amparado por la unidireccionalidad de una pantalla de televisor se dirige cuando quiere y como quiere a la masa alienada, que escucha su mensaje con la mirada perdida y un hilillo de baba cayendo de su boca entreabierta… O eso es lo que le gustaría a nuestro presidente.

Tal vez albergue la esperanza de que aún alguien en este país asuma sus discursos sin cuestionárselos, y probablemente así sea -no hay más que echar un vistazo a las encuestas de intención de voto-; pero la verdadera razón de que Rajoy se sienta cada vez más cómodo tras el plasma es la protección blindada que este le ofrece ante las perversiones inquisitorias de la prensa y de la opinión pública. Rajoy se siente tras esa pantalla como un bebé en el vientre materno: no le importa lo que esté ocurriendo en el mundo exterior ni se preocupa de sus movimientos, solo disfruta de su comodidad mientras todos en el exterior quieren notar su presencia y con una simple patadita se convierten en un torbellino de alborozo. 

Claro está que el sentimiento generalizado de la ciudadanía no guarda ninguna similitud con la alegría, sino con la ira, la rabia, la impotencia y la frustración. Y aún así, seguimos pegados a nuestras pantallas para escuchar lo que dice el Presidente a través de su pantalla. Pantallas dentro de las pantallas.

Esta estructura de muñecas rusas a la que también podemos llamar “metapantalla” ya la hemos visto antes. Ocurre cuando vemos una de esas películas o series en las cuales el villano se comunica con sus súbditos, sus víctimas o sus subordinados a través de monitores. La cultura popular da buena cuenta de esta práctica con connotaciones no precisamente positivas.

El Gran Hermano en 1984 (adaptación de la novela de George Orwell)

Hacia el segundo 55 se puede apreciar la omnipresencia catódica del Gran Hermano, el líder del INGSOC, partido único que en esta ficción gobierna Oceanía. Él también se sirve de las pantallas o “telepantallas” para llegar -y vigilar- a la gente en todo momento con fines propagandísticos, sin que la gente tenga oportunidad de llegar a él (ni siquiera se sabe si existe realmente).  Si Orwell levantara la cabeza tendría motivos para vanagloriarse por su buen tino: lo que en su novela de 1949 era una distopía vagamente futurible se ha convertido en España en un presente con visos de proyecto piloto. Aunque el tono del escritor se alejaba bastante del optimismo y la esperanza al imaginar que algo así pudiera darse alguna vez. 

Dr. Gang en Inspector Gadget

inspector_gadget

El hombre que todo lo ve desde el anonimato. No es el mismo caso que el anterior, pero una vez más la comunicación se establece cuando él quiere y casi siempre para emitir mensajes con órdenes a sus voluntariosos lacayos. Sentado en su silla de estudio, la pantalla le confiere el poder que él desea, que no es más que ese: mandar cuando se le antoja y observar sin ser visto. El primero lo comparte con Mariano Rajoy; el segundo, difiere algo más. Se ve que el Dr. Gang no debe de ser muy agraciado y prefiere las artes sibilinas a las nefastas campañas de imagen del Partido Popular.   

El payaso del triciclo en ‘Saw’

Este títere, que comparte su esencia con cualquiera de nuestros políticos, comparece hasta el cansinismo con las mismas intenciones: dar instrucciones y atemorizar al personal. Que si córtale un brazo y ráscate la espalda con él, que si ábrele el estómago y cómete su digestión… Recuerda mucho al gobierno -a este y a los anteriores- cuando nos dice lo de “venga, va, un esfuerzo… mira que si no lo hacéis no salimos de la crisis ¿eh?” y nosotros pensamos: “No te jo… ¿por qué tenemos que reparar nosotros una avería que han provocado ellos?”. Pues el payaso del triciclo lo mismo: primero se dedica a meterte llaves en los riñones y bombas en el hígado y luego te dice que a ver cómo te apañas para sacártelas.

Seguramente hay más, muchísimos más, aunque estos son los primeros ejemplos que se me vienen a la mente. Y si la cosa sigue así con Rajoy todavía habrá una más: ‘Todas las pantallas del presidente’ 

Esta es la segunda vez que comparece vía plasma en dos meses, pero no va a ser la última. Ya está ajustando el calendario a ver bajo qué pretexto unidireccional convoca a la prensa para la próxima. Que si una Junta Directiva, que si un Comité Ejecutivo… Ya veremos. Porque estas reuniones no son más que eso: pretextos.

Pretextos para lanzarnos órdenes a lo Dr. Gang, instrucciones como el payaso del triciclo o propaganda al estilo Gran Hermano. Mariano Rajoy nos ningunea a la par que se dirige a nosotros. Hoy lo ha hecho con mensajes intimidatorios sobre lo denunciable de la práctica del escrache; con propaganda en forma de falsas esperanzas como la salida de la crisis en 2014 -siempre al año siguiente al que nos encontremos- o discursos tranquilizadores que hablan de la corrupción como algo aislado en España; con instrucciones sobre cómo “remar todos juntos” para salir de este agujero.   

Desde el poco poder que me confiere este blog invoco una huelga de periodistas. No les demos el placer de que sus mensajes nos lleguen, por mucho que vengan acompañados de duras críticas por parte del redactor. Es lo que quieren, que se hable. No dejan que el pueblo se acerque a ellos –y esto viene de lejos– pero ¿cómo hubieran ganado -cómo alguien hubiera ganado- de no ser por la “propaganda” y el uso que hacen de los medios para llegar a todos los hogares? La prensa ha de ser consciente de su poder, y debe hacer uso de él más ahora que la situación es crítica para la profesión.  A ser posible, antes de que todos nosotros seamos sustituidos por pantallas.